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Flamaradas

 

Hay un espacio que se descubre como casi rural o casi urbano. Existe a las afueras de las ciudades, y cualquiera que lo conozca lo imagina con facilidad. Casi rural o casi urbana es la música que contiene “Pasaje entre las cañas”, el segundo disco de Flamaradas, bañado por las orillas del Llobregat a su paso por sus huertos traseros que cohabitan con sus últimas fábricas. Rural o urbano, ambiente de periferia al fin y al cabo el que se estampa en este pasaje, entre la crudeza de la voz de Daniel Flamaradas y los coros aliviantes de las Llamitas (Lorena Álvarez y Eli Lloveras), las guitarras de Germán Carrascosa y las de Daniel Granados (Tarántula), quien también se apunta a los tambores, los teclados de Raúl Navas y el bajo acompasado de Nacho Gago. Una banda en toda regla que marca ese devenir templado y fuerte de río rehabilitado, de silencio y trompicones industriales.

Este disco es un guiño al desarraigo identitario, un batiburrillo de influencias tamizadas por las dificultades técnicas de quien solo ha tocado disfrutando. Rumba africana con coros de gasolinera en “Pasaje entre las cañas”, como un Elvis en Las Vegas en “Los amigos de la plaza” o el misterio de Ry Cooder a su paso por el Ebro en “Se me echaron a reír”, donde la sutileza se contamina de una lírica tan profunda como anormal, “ahora todos se han callado y se sienten más valientes”.

El golpe en la mesa llega con “El puño piensa”, avisando a “los que gozan el trino de un mirlo deshuesado”, para luego seguir navegando a golpe de corrientes en “Piel de piedra”, una bossa nova metropolitana que pajarea, “Gaviotas blancas”, en la que cambia de río y se acerca a un conocido barrio sevillano desde el Guadalquivir. “Y es que a todos nos ilumina Un sol diferente”. Y en la desembocadura del disco, mezclando aguas dulces y saladas, “Pararrayos” y “Tricerátops", la sombra de un animal grande y reposado nadando en las playas de un río que ahora es mar.

Prensa